
A finales de octubre y principios de noviembre, el año antiguo llegaba a su fin. Las noches se imponían definitivamente sobre los días, el ganado volvía a los establos, las cosechas estaban recogidas. Las sociedades antiguas percibían este umbral no como un final, sino como un paso — un momento donde la frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se volvía más permeable.
Lo que conocemos hoy como Samhain — o Samonios, nombre que aparece en el Calendario de Coligny, documento galo del siglo I de nuestra era y una de las fuentes más directas sobre el calendario celta antiguo — era fundamentalmente un tiempo consagrado a los ancestros, a la memoria colectiva y a la renovación del vínculo entre la comunidad y sus muertos.
El Calendario de Coligny : una fuente histórica real
El Calendario de Coligny, descubierto en Francia en 1897 y datado en el siglo I de nuestra era, es uno de los documentos más importantes para comprender la organización del tiempo en las culturas celtas. Redactado en lengua gala con caracteres latinos, divide el año en períodos de luz y períodos de oscuridad. Samonios designa en él el inicio del período oscuro — no como amenaza, sino como tiempo sagrado con sus propias funciones rituales y sociales.
Es importante precisar que este documento es galo, no ibérico. Sin embargo, las culturas celtas del suroeste peninsular compartían con las culturas galas un sustrato indo-europeo común, del que emergían concepciones similares del tiempo, de la muerte y de los ancestros.
Los muertos y los vivos : una frontera permeable
En las culturas antiguas, la relación con los muertos no era una ruptura sino una continuidad. Las necrópolis del sur peninsular — cuidadosamente organizadas, ricamente dotadas — testimonian una concepción de la muerte como paso, no como fin. El ajuar funerario, los alimentos depositados, los objetos personales : todo sugiere que los muertos seguían siendo miembros activos de la comunidad, ancestros cuya presencia debía ser honrada y cuya protección debía ser solicitada.
Los depósitos votivos hallados en contextos de frontera — márgenes de ríos, entradas de cuevas, umbrales — refuerzan esta imagen de una frontera permeable entre los mundos. Estos espacios de paso eran lugares privilegiados para el contacto con lo invisible, para la ofrenda y para la memoria.
Fuego, memoria y transmisión
El fuego ocupaba un lugar central en los ritos asociados a este tiempo de tránsito. Encender fuegos en las colinas, reunirse alrededor del hogar, narrar las historias de los ancestros — estas prácticas, documentadas en múltiples culturas indoeuropeas, tenían una función precisa : mantener viva la memoria colectiva, reforzar los lazos entre generaciones, recordar a la comunidad de dónde venía y quiénes la habían precedido.
En un mundo sin escritura, esta transmisión oral alrededor del fuego era el archivo de la comunidad. Los muertos no desaparecían : vivían en los relatos, en los nombres, en los gestos transmitidos de generación en generación.
¿Qué nos dice Samonios hoy?
Vivimos en una cultura que ha apartado la muerte de la vida cotidiana — la ha medicalizado, institucionalizado, convertido en un tabú. Y sin embargo, la necesidad de honrar a los ancestros, de mantener viva su memoria, de sentir que formamos parte de una cadena más larga que nuestra propia vida, no ha desaparecido.
Releer Samonios desde las culturas antiguas no es nostalgia : es preguntarnos qué perdemos cuando dejamos de integrar la muerte en el tejido de la vida. Y qué podría significar, hoy, volver a hacer de este tiempo un momento colectivo de memoria, de gratitud y de transmisión.

