El arte protohistórico del Atlántico europeo no es solo decoración. Es un vocabulario. Y entre sus palabras más repetidas están los animales.
De los petroglifos gallegos a los calderos de bronce hallstátticos, de los verracos vetones a las fíbulas celtas, ciertos animales reaparecen con una obstinación que no puede ser casual. No representan a los dioses directamente, pero tampoco son simplemente naturaleza observada : son intermediarios, emblemas de fuerzas que las sociedades del Bronce Final e inicios de la Edad del Hierro consideraban sagradas o políticamente significativas. Este artículo recorre cinco de ellos, con piezas arqueológicas concretas como punto de apoyo.
1. El ciervo : el animal del umbral
El ciervo es probablemente el animal más antiguo del imaginario ritual europeo. Su presencia arranca en el Paleolítico —ya aparece en Altamira, en Lascaux— y no desaparece con él: se transforma, se resignifica, y llega con fuerza al Bronce Final.

En los petroglifos gallegos (yacimientos como Campo Lameiro, Pontevedra, o Outeiro do Cribo), los cérvidos aparecen grabados sobre roca al aire libre, frecuentemente en escenas que combinan ciervos, armas y figuras humanas. La datación de estas representaciones sigue siendo debatida, pero un amplio conjunto se sitúa entre el Bronce Final y el inicio de la Edad del Hierro. Lo que llama la atención es la insistencia en la cornamenta : a veces desproporcionada, casi vegetal, como si la cuerna fuera el elemento verdaderamente significativo y no el animal completo.
En el mundo celta posterior, esa idea cristaliza en la figura de Cernunnos, la divinidad cornuda representada en el Caldero de Gundestrup (Dinamarca, s. II-I a.C., Museo Nacional de Copenhague). En la placa interior más conocida del caldero, Cernunnos aparece sentado en postura similar a la del loto, con una cornamenta de ciervo, rodeado de animales —entre ellos una serpiente— y sujetando un torques. No es el dios ciervo, sino el dios que lleva la cuerna : el que puede cruzar la frontera entre lo humano y lo salvaje, entre lo visible y lo invisible.
La cornamenta caduca y regenera cada año. En una cultura que piensa el tiempo en ciclos, ese ritmo de muerte y renacimiento convierte al ciervo en el animal del umbral por excelencia.

2. El jabalí : la fuerza que no retrocede
Mientras el ciervo pertenece al umbral y al ciclo, el jabalí pertenece a la fuerza bruta y al territorio. En el mundo ibérico y celta, su presencia en el arte tiene una carga política y guerrera muy marcada.
Los verracos vetones son quizás el ejemplo más espectacular. Estas esculturas de granito —representando toros y cerdos— se distribuyen por la Meseta occidental (Ávila, Salamanca, Zamora, Cáceres) y se fechan principalmente entre los siglos V y I a.C. Más de cuatrocientas piezas catalogadas. El Toro de Guisando es el más conocido del grupo, aunque en el conjunto hay un número significativo de cerdos/jabalíes que suelen quedar en segundo plano frente a los toros. Su función exacta sigue siendo discutida : ¿demarcadores de territorio, guardianes funerarios, exvotos relacionados con la ganadería? Probablemente todo eso a la vez.

En el ámbito insular celta, destaca el Jabalí de Hounslow (Britania, Edad del Hierro, actualmente en el Museo Británico) : una pequeña figura de bronce de apenas ocho centímetros, con el característico crestón dorsal erizado, símbolo de amenaza. Figuras similares aparecen como remates de estandartes guerreros en toda la Galia e Hispania celta. El jabalí no se rinde, no huye : en eso reside su valor emblemático.
3. El toro : el sacrificio y el cosmos
El toro merece un artículo propio —y en Nemesia ya hemos hablado de él a propósito del yacimiento de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), donde el altar principal tiene forma de piel de toro extendida, siguiendo un esquema conocido en el Mediterráneo oriental. Aquí nos limitamos a señalar su lugar en el conjunto.
El toro es, en el mundo atlántico y mediterráneo del Bronce Final, el animal del sacrificio mayor. No en el sentido cristiano de expiación, sino en el sentido literal : lo que se da a los dioses para marcar un pacto, cerrar un ciclo, o inaugurar un espacio sagrado. En Casas del Turuñuelo, los restos de al menos cuarenta y cuatro équidos y bóvidos aparecieron en el patio exterior del edificio, en lo que los investigadores interpretan como un sacrificio masivo de clausura.
El ritón en forma de cabeza de toro es un objeto votivo frecuente en todo el Mediterráneo protohistórico —Chipre, Micenas, el mundo ibérico— y su uso parece vinculado a libaciones rituales: el líquido entraba por arriba y salía por la boca del animal. Beber o verter a través del toro era, simbólicamente, beber o verter a través de la fuerza que representaba.

4. El caballo : entre el poder y el más allá
El caballo llega a la península ibérica como animal doméstico relativamente tarde, pero su impacto simbólico es inmediato y duradero. A partir del Bronce Final, su presencia en contextos de élite y rituales es constante.
Las monedas ibéricas (s. III-I a.C.) muestran con frecuencia un jinete lancero en el reverso : no es solo un símbolo de guerra, sino probablemente también un emblema aristocrático y quizás funerario, el héroe a caballo que cruza hacia otro estado. La figura del jinete aparece también en estelas del Suroeste peninsular, aunque su lectura sigue siendo objeto de debate entre los especialistas.
En el mundo insular celta, el caballo blanco de Uffington (Oxfordshire, Inglaterra) es una de las imágenes más icónicas : una figura de 110 metros grabada en la colina mediante surcos rellenos de tiza, datada en torno al Bronce Final (c. 1200-700 a.C. según las dataciones más recientes por OSL). Su forma estilizada, casi abstracta, no se parece a los caballos naturalistas del arte rupestre paleolítico : parece más una idea de caballo que un caballo. Esa abstracción intencionada es ya un gesto de representación sagrada.
La diosa gala Epona, protectora de los caballos y de los jinetes, es una figura del período de La Tène (Edad del Hierro tardía) pero sintetiza siglos de asociación entre el caballo, la soberanía femenina y el viaje al más allá. Algunas interpretaciones la conectan con tradiciones de la diosa-yegua presentes también en las islas británicas (la figura de Rhiannon en el Mabinogion galés).

5. Las aves acuáticas : mensajeras entre los mundos
Aquí quizás donde el simbolismo resulta más coherente y más específicamente atlántico. Los patos, cisnes, grullas y garzas aparecen de forma recurrente en el arte del Bronce Final desde Escandinavia hasta el suroeste peninsular, casi siempre en contextos rituales y muy frecuentemente asociados al sol, al agua y al viaje.
El ejemplo más conocido es el Carro Solar de Trundholm (Dinamarca, c. 1400 a.C., Museo Nacional de Copenhague) : un caballo de bronce tira de un disco solar con ruedas. Pero lo que a menudo se olvida mencionar es que en el mundo del Bronce Final nórdico e itálico, los discos solares aparecen también transportados por aves acuáticas. En las situlas de la cultura de Este y Hallstatt (Italia del Norte/Austria, s. VII-V a.C.), los frisos decorativos muestran procesiones de patos en fila, intercalados con figuras humanas y escenas de banquete. La asociación ave-agua-sol-travesía es uno de los temas visuales más estables del período.
En el ámbito ibérico, las fíbulas zoomorfas con forma de pato o de ave son frecuentes en ajuares femeninos del Bronce Final y el inicio de la Edad del Hierro, especialmente en el suroeste peninsular. Su pequeño tamaño no debe engañar : en una cultura donde el adorno personal era también declaración identitaria y quizás protección ritual, llevar un pato de bronce prendido en la ropa era probablemente algo más que estética.
El cisne, en particular, aparece en la mitología insular celta (irlandesa y galesa) como figura de transformación : seres humanos convertidos en cisnes, o cisnes que son en realidad divinidades. No podemos proyectar directamente esas narraciones medievales sobre el Bronce Final, pero la continuidad del animal en contextos sagrados a lo largo de milenios sugiere una persistencia de significado que merece atención.

Una gramática visual compartida
Lo notable de estos cinco animales no es solo su presencia individual en cada cultura : es que aparecen juntos, en las mismas piezas, en los mismos espacios. El Caldero de Gundestrup reúne al ciervo (Cernunnos), el toro (escena de sacrificio), el caballo (jinetes) y las serpientes. Las situlas combinan aves acuáticas, toros y caballos en sus frisos. Los yacimientos del suroeste peninsular mezclan sacrificios de bóvidos con objetos de bronce en forma de ave.
No se trata de un bestiario arbitrario. Es un sistema de representación compartido, con variantes regionales y cronológicas, pero con una lógica interna reconocible : algunos animales representan la fuerza territorial y guerrera (jabalí, toro), otros el umbral y la transformación (ciervo, aves), otros la soberanía y el viaje (caballo). Una gramática visual atlántica que circuló, con los mismos objetos y las mismas ideas, desde Escandinavia hasta el Guadalquivir.
