Ataecina : la diosa que la memoria popular dejó en segundo plano

En nuestro artículo sobre Endovélico, el dios celta de la salud y los sueños venerado en el suroeste ibérico, mencionamos de paso algo que merece mucho más que una mención : las inscripciones lo asocian a una «diosa pareja» llamada Ataecina, cuyo santuario se encontraba en Turobriga, cerca de la actual Aroche. La mencionamos. De paso. Es momento de aclarar qué significa exactamente ese término — y de darle a esta diosa el lugar que merece por sí misma.


Ara votiva con inscripción dedicada a la «Deae Sacrum Turibrigensi» — la diosa sagrada de Turóbriga, es decir, Ataecina. Este tipo de altares, dedicados por particulares como Lucius Iuventius Iulianus (cuyo nombre aparece grabado), constituye la principal fuente epigráfica que confirma la extensión e importancia real de su culto en el suroeste ibérico.

¿Qué significa «diosa pareja»?

En historia de las religiones, este término no implica jerarquía ni posesión : no significa que Ataecina «perteneciera» a Endovélico, ni que estuviera subordinada a él. Significa que ambas divinidades eran veneradas en una misma región, a menudo en cultos paralelos o complementarios, sin que las fuentes indiquen una relación de dependencia entre ellas. De hecho, como vamos a ver, Ataecina cuenta con un registro arqueológico propio, sólido e independiente — en algunos aspectos, incluso más extenso que el de Endovélico.

Una diosa más documentada de lo que su olvido sugiere

Aquí viene la primera sorpresa : Ataecina tiene, de hecho, numerosos testimonios epigráficos propios. Sus inscripciones se concentran principalmente entre los valles del Tajo y del Guadiana, con hallazgos en Mérida, Cáceres, Cabeza la Vaca y, por supuesto, en la región de Aroche. Una de las mayores concentraciones de altares dedicados a ella se encuentra en el santuario de El Trampal, en Alcuéscar (Cáceres) — un lugar tan cargado de devoción que, siglos después, los visigodos construyeron allí mismo una ermita cristiana, sin poder o sin querer borrar la memoria sagrada del lugar.

Su título completo en las inscripciones es revelador : Dea Domina Sancta Turibrigensis Ataecina — «Diosa Señora Santa de Turóbriga». No es un epíteto menor : es el lenguaje reservado a una divinidad principal, con territorio propio, con devotos propios, con un culto oficial reconocido incluso en la Mérida romana.

Las aguas que curan

Ataecina estaba profundamente vinculada al agua — concretamente, a fuentes de aguas mineromedicinales a las que se atribuían propiedades curativas y de fertilidad. En Turobriga misma, cerca de Aroche, se ha excavado una fuente romana monumental, con su acueducto y termas, que llevaba una inscripción dedicada a ella. La diosa no curaba desde la distancia : su poder se manifestaba en el agua que brotaba de la tierra, en el gesto concreto de beber, de bañarse, de ofrendar junto al manantial.

Esta dimensión acuática conecta a Ataecina con un patrón que ya hemos visto en otras figuras femeninas de la protohistoria europea — pensemos en Sequana y las fuentes del Sena. El agua, una vez más, aparece como territorio privilegiado de lo femenino sagrado.

Una identidad disputada — y eso también importa

Como suele ocurrir con las divinidades indígenas anteriores a la romanización, la identidad exacta de Ataecina sigue debatiéndose. Algunos investigadores la identifican con una diosa lunar mencionada por Estrabón; otros la relacionan con un posible culto a una Magna Mater; los romanos, por su parte, la asimilaron a Proserpina, asociándola con el inframundo y los ciclos de la naturaleza.

Incluso la ubicación exacta de Turobriga, su santuario principal, sigue siendo objeto de discusión científica : aunque la zona de San Mamés, cerca de Aroche, es el emplazamiento más respaldado por las inscripciones y por el propio Plinio el Viejo, no todos los especialistas coinciden plenamente en su localización precisa. Una vez más, la honestidad nos obliga a decir : sabemos mucho, pero no todo.

Una pregunta sin respuesta clara — y que merece quedar abierta

Ninguna fuente nos dice explícitamente por qué la memoria popular y muchos textos posteriores mencionan a Ataecina mucho menos que a Endovélico, a pesar de que ella cuenta con un registro epigráfico propio igual o más extenso. No podemos afirmar con certeza que se trate de un olvido deliberado o de género — sería una proyección moderna que las fuentes no respaldan directamente. Lo que sí podemos hacer es notar el patrón, formularnos la pregunta, y devolver a Ataecina el espacio que la propia arqueología ya le concedió hace dos mil años.

Yacimiento arqueológico de Turóbriga, Aroche (Huelva). Bajo este paisaje de dehesa se extienden los restos de la antigua ciudad romana citada por Plinio el Viejo, identificada como el principal centro de culto a la diosa Ataecina. Aunque las campañas arqueológicas continúan de forma ininterrumpida desde hace más de dos décadas, solo se ha excavado hasta ahora una pequeña parte de la ciudad — un yacimiento vivo que sigue revelando sus secretos año tras año.
(Pics : Creative Common Attribution)

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