
Hace apenas unos días, en Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), un equipo de arqueólogos del CSIC sacó a la luz algo que nadie esperaba encontrar : la mitad de un carro de bronce, profusamente decorado, con una función que no era transportar personas ni mercancías. Estaba hecho para transportar un perfume.
1. Una pieza sin paralelo conocido
Los datos son recientes y están bien documentados. La pieza, que data de hace unos 2.500 años antes de Cristo, fue hallada durante la octava campaña de excavación en el yacimiento tartésico de Casas del Turuñuelo, en un espacio ritual donde ya se había encontrado un altar con forma de piel de toro. Su iconografía —la figura de Aqueloo, divinidad fluvial; dos grifos con cabeza de águila y cuerpo de león; dos atlantes masculinos sosteniendo la caja— no tiene paralelos conocidos en todo el mundo antiguo, salvo piezas similares halladas en la antigua Etruria.
Según explicó el codirector de la excavación, Sebastián Celestino, el carro no estaba pensado para circular : transportaba con toda probabilidad una resina aromática —incienso o mirra— que se quemaba mientras el vehículo se desplazaba, perfumando el espacio durante los rituales. Lo describió como un «botafumeiro rodante». El hallazgo se produjo junto a la llamada «habitación del banquete», escenario de un último gran ágape comunitario antes de que todo el edificio fuera clausurado definitivamente bajo un túmulo.
2. Una ofrenda diferente de las demás
De todas las formas de ofrenda que hemos explorado en Nemesia —el oro depositado en santuarios, las armas hundidas en los ríos, los ex-votos anatómicos de Sequana— esta tiene una particularidad material que vale la pena señalar: no deja rastro físico. El perfume no se conserva. Se quema, se dispersa, desaparece.
A diferencia del oro o de las armas, que permanecen enterrados y pueden ser hallados siglos después, una resina aromática quemada no deja vestigio recuperable. Esto convierte la pieza en un testimonio arqueológico singular: conocemos su función por el contexto y la interpretación de los especialistas, no por el resto de la ofrenda en sí. El hecho de que este carro acompañara la clausura definitiva del edificio, su sellado bajo tierra, sugiere que el ritual estaba vinculado al cierre del lugar, en un gesto que la comunidad parece haber considerado significativo.
3. Lo que sugiere este hallazgo
Este carro votivo aporta un dato interesante sobre las prácticas tartésicas: junto a las ofrendas materiales duraderas que conocemos mejor (metal, armas, objetos), existían también ofrendas pensadas para no perdurar. Es un recordatorio de que el valor simbólico de un ritual no dependía necesariamente de la permanencia del objeto ofrecido.
Es un hallazgo que invita a ampliar la imagen que tenemos de las prácticas votivas tartésicas: no solo depósitos de metal y objetos duraderos, sino también gestos rituales pensados desde el inicio para consumirse. Una pieza que, por su rareza y su estado de conservación, seguirá siendo objeto de estudio en los próximos años a medida que avance la investigación en Casas del Turuñuelo.
